Ventana a los sueños

febrero 28, 2010 at 3:02 pm (vehemencia)

Era un martes lluvioso de otoño, el mes… ni lo recuerdo, pero como olvidar el resto de sucesos. Yo estaba sentado justo delante de la ventana, observaba como cada gota de lluvia caía mojando a los pobres o, quién sabe, felices transeuntes. Me encantaba eso, poder arroparme con mi viejo edredón, una botella de refresco a un lado y palomitas sobre mis piernas, mirando a través del cristal como si se tratase de una película en la que cada persona encarna un papel importante durante unos instantes, hasta perderse entre los edificios, en la distancia.

Mis ojos se posaban en cada uno de ellos, sentía multitud de cosas por esa gente, analizaba sus gestos, su forma de andar, los odiaba, los quería. Pero como en toda película hay un papel principal y, en este caso, se lo llevo una mujer. Su piel era pálida y sus gestos delicados. Tenía el pelo moreno y ojos grises, aunque por sus facciones podía adivinarse que el tono real de su iris era el de la miel, iba perfecto con su rostro, puro y bien tallado. Parecía perdida, miraba hacia un lado y hacia otro como si no supiese hacia donde debía andar. Yo, por mi parte, dejé volar la imaginación y pensé en la multitud de ideas que podrían transcurrir en estos instantes por su cabeza, el cúmulo de emociones. Pensaba en que esa chica buscaba una razón para vivir, un por qué a su desesperanza, esa que escondía tras su perenne sonrisa, imaginé que me buscaba y quería creer que alzaría su rostro y me miraría, sabría que yo era para ella, y que pronto el timbre que hay sobre el dintel me sobresaltaría con tan grata noticia. Yo abriría la puerta y nuestros ojos se encontrarían para quedar fijos, mirandose hacia el infinito, conociendose, y entonces, sin razón aparente nos abrazariamos, anudandonos tan fuerte que ni la misma muerte podría separarnos. Los labios estarían húmedos debido a los besos, las mejillas sonrojadas y nuestros corazones en carne viva. En ese momento el día se escondería y lo encontraríamos entre las sabanas, minuto tras minuto para toda la vida.

Abrí los ojos y vislumbré la realidad. Como todo guión improvisado el final dista de las espectativas. Bien es cierto que la chica alzó su rostro, me miró e incluso sonrió, como si supiese que estaba ahí y era para ella. Sus mejillas se sonrojaron y su risa me enamoró a pesar de que su sonido no atravesase el cristal de mi ventana. Diría que fue un momento onírico, irrepetible. Pero entonces la sonrisa de la joven se apago, se marchitó y su cabeza se dirigió hacia el suelo. Yo quería saltar, ir a por ella. Pero la joven estaba escribiendo su propio guión, y quien sabe, quizás nuestras miradas no se cruzarán más, pero nunca olvidaré como la vi desaparecer entre la bruma, con sus andares de ninfa mientras mi corazón se consumía por una perdida que no comprendía.

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