Paseando bajo la nieve

febrero 12, 2010 at 6:56 pm (vehemencia)

El día estaba nublado y los copos de nieve caían lentamente sobre los frondosos árboles que poblaban la ciudad. Aún el blanco no había cuajado pero no tardaría en hacerlo. Yo, aún medio dormido a horas tan impropias, me asomé por el pequeño ventanal del salón y contemplé el día, temeroso de que la magia que emanaba de esos granos pálidos se detuviese. Fue entonces cuando me enfunde mi jersey oscuro, colocado sobre mi pecular pijama, el cual constaba de un vaquero de tono azul y una de mis muchas camisetas blancas. Agarré mi sombrero y el resto de prendas que abrigarían mi cuerpo ante el viento invernal. Una vez listo, encendí mi pequeño reproductor, sonaba Piazzolla, todo funcionaba. Atravesé la puerta e instantes después la nieve se posaba sobre mí, el frío cortaba mi cara y la pequeña pero espesa barba que despuntaba se agradecía de sobremanera.
La duda me invadía, ¿Abrir o no abrir mi paraguas? La razón habría dicho si de forma irrefutable, pero en mi no mora la razón, no almenos cuando de mis emociones hablamos.
Poco a poco mi oscura ropa fue tornándose bicolor. Justo del tono en que observaríamos un arcoíris en una hermosa y romántica película de los años veinte. El resto de transeuntes me observaban con rostro crítico, sus ojos de incomprensión parecían escrutarme, quizás debido a mi sombrero de ganster o quizás por llevar el paraguas cerrado ante semejante nevada. Fuera como fuese he de admitir que dicha acción me llenaba de confort. Y es que todos en algún momento de nuestras vidas hemos deseado sentir como estos entes cristalinos se hacen agua ante el contacto de nuestra piel, por obra de nuestro calor corporal; y eso es lo que yo hacía, simplemente reclamar mis deseos de juventud y sentirme participe de esa magia que la madurez parece extinguir.
Mis pasos continuaron haciendo camino entre la alfombra que poco a poco empezaba a formarse, sintiéndome feliz, un modelo de juventud inmortal cuando a mis agonizantes veintidós años ya empezaban a nacer las primeras arrugas.
Pasan los minutos y me encuentro ante la puerta de mi cafetería favorita, la tarde no hace más que mejorar, me siento en una pequeña mesa con dos sillas, una para mí y otra para mis atuendos. El café no tarda en llegar, lo saboreo y cojo mi teléfono dispuesto a contar mi especial vivencia a una persona con la que disfruto relatando, pero a veces es mejor no contar, dejarlo pasar, y que siga fluyendo la magia de forma singular. Guardo mi teléfono y comienzo a escribir, a dejar que la magia ya mencionada fluya en forma de tinta. Solo yo y mi libreta.

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1 comentario

  1. Pilar said,

    E una maravilla sentir los copos en la cara; durante un ratito…

    besos

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